

Todos los años, cuando se aproximan las vacaciones de Navidad en los colegios, hay un bullicio especial en el Belén de Curro; son las miniexcursiones de las clases de los más pequeños de Palma del Río.
Es ya una tradición, que los colegios del pueblo, así como otros colectivos programen visitas fuera del horario de apertura. Llegando septiembre, ya se reciben las primeras llamadas para reservar hora y día, pero cuando llega noviembre es cuando el teléfono no para de sonar, y a mediados del mes, ya están cubiertas todas las mañanas próximas a Navidad.
Estas actividades con los colegios, permite que los niños puedan ver el belén tranquilamente, y de esta forma, todos los pequeños de Palma tienen la oportunidad de disfrutar de esta ilusión junto a sus compañeros.

Muchos de ellos, animan (incluso obligan) a sus padres, abuelos, tíos, y cuantos les rodean a volver al Belén, haciendo de pequeños guías.
De estos momentos son de los que Curro tiene los mejores recuerdos, puesto que los niños, ese pequeño tesoro, son los más sinceros a la hora de expresar su opinión y los que con esa sinceridad han hecho encogerse el corazón de mi padre en más ocasiones, aunque a veces también son los que más quebraderos de cabeza dan, como aquella vez que hubo que parar a uno en plena carrera porque sus compañeros no le dejaban ver y, ni corto ni perezoso dio marcha atrás para coger carrerilla con la intención de saltar sobre sus compañeros para poder hacerse un hueco.
Estas visitas siempre se completan con la entrega a los pequeños de dulces para desayunar, que todos los años regala el palmeño Antonio Domínguez, así como de gusanitos regalados por la Hermandad de Nuestra Señora Belén.

Son sin duda los visitantes más escandalosos, y, en las semanas que duran las excursiones no hay quien pueda concentrarse en los alrededores, pues, con muchas calles de anticipación ya vienen anunciando su llegada con villancicos.
No hay duda de que solo por ellos merece la pena todo el esfuerzo que durante el año realiza Curro en el montaje del Belén.