EL BELÉN DE CURRO

        En el 2008, se dejó por segundo año que el fastuoso Egipto diera la bienvenida a quienes se acerquen a disfrutar de “El Belén de Curro”, aunque… con novedades. Este año esa pequeña porción del fastuoso imperio egipcio cobró vida y pudimos ver el tan esperado arte de Curro desplegado en el prebelén.

        Bajo la majestuosa entrada al templo, presidida por dos grandes estatuas en cuya cúspide dos antorchas nos invitaban a entrar en el fastuoso templo, dos pescadores, uno con su caña, y otro leyendo un libro mientras esperaban a ver si pican los peces, que como todos los años poblaron el estanque. Una vez que nuestros visitantes franqueaban la entrada del templo se podrán encontrar con un desierto, que lejos de ser el paraje desapacible que nos tienen acostumbrados a mostrar, nos presentaba en primer lugar una caravana saliendo del templo, donde el gran faraón, rodeado por su séquito y cargado de presentes para agasajar y hacer más fluidas las relaciones diplomáticas, era abanicado por dos de sus esclavos. Todo el cortejo, seguía el ritmo marcado por el tambor que hacía sonar un esclavo sobre un gran elefante.

        Conforme avanzábamos, se llegaba a la gran cantera, donde numerosos personajes se afanaban en realizar las diversas tareas necesarias para dar buen fin a la titánica pirámide que se estaba construyendo. Un humilde esclavo sacaba agua de un pozo para refrescar a sus compañeros, junto con una de sus compañeras que se encargaba de dar agua a con una jarra acercándosela a uno de ellos. En el trabajo en la cantera, podíamos encontrarnos con una representación de todo el proceso que se realizaba en la misma, desde el esclavo que estaba extrayendo la piedra de la cantera, hasta el que tallaba los jeroglíficos, pasando por el que levantaba los bloques y el que retocaba el tamaño de los mismos junto a la pirámide. Todo ello bajo la estricta supervisión de un arquitecto egipcio que en una de sus manos tenía un modelo de la pirámide y en el otro una escuadra que iba alternando para ver si todo estaba perfecto.

        Siguiendo con el Belén, de izquierda a derecha, en primer lugar la parte derecha se desplegaba un gran trabajo de perspectiva logrado por Curro, donde desde la lejanía podíamos ver un pequeño poblado con sus diminutos habitantes, de donde salía un rebaño de ovejas, que se dirigían a la ciudad que se situaba al frente. Es muy llamativo cómo los metros de profundidad del Belén, producía una sensación de enorme lejanía gracias a la “magia de Curro”.

        Según nos íbamos acercando por el camino que conduce desde el lejano pueblo podíamos encontrarnos a la izquierda un pastor sacando agua de un pozo. Asimismo unos bueyes arando, junto al que dormían unas ovejas. A la izquierda de los bueyes, en el camino que se dirige a la zona de tiendas que hay en la parte central del Belén, no se en una pequeña casita que hay, cuando se abría la puerta aparecía el popular "cagón"..

        En la parte derecha, unas humildes casas, en la puerta de una de las cuales, había un par de pastores preparando un cordero para después cocinarlo, mientras que otras ovejas, estaban llegando a la gran fuente que se encuentra al frente, donde simpáticamente su pastor daba de comer unas hierbecitas a una oveja, confiado en que su fiel perro pastor no perdería de vista al resto de la manda.

        En la fuente a la que acudía una mujer a llenar su cántara, veíamos como un niño hacía equilibrismo sobre el borde de la misma mientras su amigo le gritaba desde abajo para que dejase de hacer tonterías y así evitar que se caiga.

        En una gran edificación de la derecha, teníamos uno de los primeros efectos “estrellas” del montaje; la anunciación, donde pudimos ver y escuchar cómo un ángel anunciaba la buena nueva a la María.

        En la gran plaza podíamos ver cómo en su centro se alzaba una enorme palmera junto a la que descansa un pobre camello muy cargado.

        Al otro lado de la palmera, unos niños jugaban a las tres en raya animadamente. Mientras en el pórtico de la calle de la izquierda un generoso niño ofrecía un trozo de su pan a un pobre mendigo.

        Pasando ya a la parte central del Belén, estaba presidida al fondo por el palacio de Herodes, rodeado de montañas y fielmente custodiado por unos soldados que hacían su guardia. El mismo herodes salía a recibir a nuestros visitantes antes de volver a ir a sus aposentos.

        Tras el palacio, observábamos como discurría un desfiladero, un rebaño de ovejas que junto a su pastor se dirigían al pueblo.

        A la derecha del palacio, unos vareadores de olivos hacían sus labores. Frente a ellos un rebaño de ovejas pastaban, peleaban y disfrutaban de la montaña, justo al lado de la mágica “Anunciación”, apareciendo de la nada el ángel para comunicar a los pastores la gran noticia del nacimiento de Jesús.

        Un poco más cerca,  un simpático segador que trabajaba duramente.

        Los reyes magos cruzaban frente al palacio cargado de juguetes.

        Pasando a la parte frontal de esta zona central, a la derecha el carpintero se afanaba en terminar sus encargos, mientras su esposa tendía la colada.

        Dos mujeres mayores una de ellas removía su puchero mientras la otra lo tenía hirviendo, ambas más atentas a la conversación que a sus guisos.

        Una caravana se disponía a salir, siendo uno de los camellos más perezosos y su dueño tenía que obligarle a salir.

        La vida del poblado cercana era intensa, y podíamos ver como el cestero, panadero y albañil realizaban lo propio. Así mismo, el candilero se encargaba de poner luz en el pueblo. Junto a ellos, había una vaqueriza, en la que podíamos ver cómo su dueña ordeñaba las vacas, mientras que un ternero tomaba leche de su mamá y unas gallinas armaban jaleo.

        Frente a la vaqueriza, de un abrevadero brotaba agua junto a la que descansaba un peregrino y una piara de cochinillos se refrescaban y comían. Junto a este abrevadero, crecía un gran árbol en el que unos niños se afanan en colocar un nido que se había caído para que la mamá de los polluelos puediera alimentarlos.

        Unos tenderetes llenaban de vida este poblado, en el que como cada año la nieve hizo acto de presencia, vendiendo toda clase de mercancías; especies, fruta y hortalizas, charcutería, telas, pescado, objetos de cobre...

        Pasando ya a la zona izquierda, donde un año más pudimos contemplar el “Portal”.

        Al fondo se erigía un pueblo muy animado, con sus interminables y retorcidas calles verdadera obra de arte y perspectiva, en las que charlaban animadamente numerosos personajes. Entre estas calles pudimos encontrar una posada, a la que como la tradición cuenta, acuden José y María para pedir cobijo, recibiendo como única respuesta una rotunda negativa del posadero y un portazo.

        En este poblado pudimos encontrarnos con unos niños jugando en un columpio, la ya tradicional lavandera, el encantador de serpientes, el alfarero, una mujer sacudiendo la alfombra, un señor bebiendo vino, la churrera, otra mujer barriendo…, en fin, un pueblo lleno de vida. También se pudo ver como otro rebaño de ovejas que se aproximaba desde la lejanía.

        Finalmente, en el primer plano estaba la grandiosa construcción que albergaba el “milagro” donde como el año anterior, la escena irá cambiando, según avance la historia

        En el exterior, unos traviesos niños intentaban atrapar un nido sin caer en la cuenta del peligro que corrían.

        A la salida del Belén, en la zona del “Prebelén”, entre unas rocas se encontraba el último capítulo de esta historia que cada año nos cuenta Curro a través de su Nacimiento, que es la huida a Egipto.

        Además, todo el Belén está repleto de numerosos detalles y pequeñas sorpresas imposibles de relatar, pues no llevaría un libro entero.

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